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A veces, los proyectos me llevan a lugares y a personas que dejan huella. Conocí a Marta un día espectacular de sol y nieve profunda, mientras documentaba un reportaje para la Asociación Agroalimentaria de la Cerdanya. Lo que iba a ser una sesión de fotos se convirtió en una experiencia inolvidable: la seguí durante los 5 kilómetros de subida que van del parquing de Guils Fontanera hasta La Feixa, tirando con determinación de un trineo improvisado cargado con los suministros para el refugio. Era la única forma de llegar. En ese instante, supe que su historia era extraordinaria.

Desde aquel primer encuentro, nació una colaboración que me ha permitido contar su evolución. Juntas creamos un vídeo de captación de fondos para una campaña de Matchfunding que resultó decisivo para que su iniciativa fuera la ganadora de un premio —consiguiendo así una parte de la inversión que necesitaban para construir un necesario lavabo seco—. Y luego vino el proyecto que mejor encapsula su espíritu: la divulgación sobre normas de comportamiento para respetar de la flora y fauna de este entorno protegido, junto a Paisatges Vius documentando la vida que habita en este frágil ecosistema, desde el majestuoso gallfer y las delicadas odonatas, hasta la esquiva almesquera y la camaleónica perdiz blanca.

Pero hoy no he subido hasta La Feixa para trabajar, sino para escuchar. Para que sea ella quien, desde la intimidad de su refugio, me hable de convicción, de los amaneceres que muy pocos ven y de lo que la montaña le ha enseñado sobre lo que realmente importa.

Esta es su historia.

¿Marta, podrías llevarnos a ese momento en que supiste que tu vida estaría ligada a la montaña y, específicamente, a ser la guarda de un refugio?

Descubrí la montaña muy tarde, casi a los treinta años, y entonces fue como un enamoramiento bestia. Una pasión absoluta por el senderismo y todo lo que lo rodea.

Fue una progresión, paso a paso, como una evolución en mi descubrimiento. Primero, fue caminar y alcanzar mis primeras cumbres. Luego, buscar algo más allá, como iniciarme en la escalada a un nivel fácil. A nivel laboral, nunca me había planteado ser guarda de un refugio; también fue un proceso progresivo, una evolución en la que he ido dando pequeños pasos.

El primero fue dejar mi trabajo como diseñadora, donde pasaba nueve horas al día frente a un ordenador. Lo dejé para dedicarme a la jardinería porque necesitaba un trabajo más activo y al aire libre. El siguiente paso fue marcharme de la ciudad y venirme a vivir a La Cerdanya; necesitaba estar en contacto con la naturaleza de una manera más profunda.

Lo de llevar un refugio… sí me lo había planteado, pero era como un sueño lejano. Tampoco tenía claro que pudiera llegar hasta aquí. Pero recuerdo que, en el momento en que vi la oportunidad, supe que era lo mío. Fui a por todas. Y aquí estoy.

 

¿Cuáles son las dificultades concretas de llevar un refugio en la alta montaña?

El camino para convertirme en la guarda del Refugio de la Feixa no ha sido nada sencillo. Lo más difícil no fue tanto el proceso de llegar hasta aquí, sino todo lo que me encontré una vez que estuve dentro.

Los obstáculos más importantes son los que no dependen de mí misma. Yo tenía muy claro el proyecto que quería sacar adelante y sabía que la dedicación y el esfuerzo que iba a poner supondrían un reto. Pero al instalarme aquí, me di cuenta de que el verdadero desafío era… tener suministro de comida, agua y luz, o poder contar con un WC en condiciones.

Son cosas muy básicas en la civilización, pero aquí se convierten en grandes quebraderos de cabeza. La lucha diaria consiste en asegurar la disponibilidad de agua en invierno, en planificar cómo hacer llegar la comida hasta aquí, en conseguir tener luz o en adaptarse a un espacio reducido.

Todo esto hace que la vida aquí requiera un esfuerzo enorme. Llevar este refugio es una lucha constante entre estas dificultades internas —propias de las instalaciones del lugar— y obstáculos externos, como barreras físicas o burocráticas que no siempre son fáciles de sortear.

Por ejemplo, el acceso al refugio o la prohibición de aparcar en el aparcamiento de la estación de Guils Fontanera, complican aún más la logística y el día a día. Todo esto, en conjunto, hace que el proyecto sea todavía más desafiante, especialmente en invierno

¿Cómo es el momento en que te das cuenta de que llevar el refugio es el trabajo que realmente quieres hacer?

Creo que el momento en que surgió la oportunidad, dije: ‘¡Uau! ¡Es que yo quiero ser guarda de refugio!’

Y entonces, al comenzar el proyecto, vi que sí, clarísimamente, que es la ilusión de mi vida. Me sentí muy, muy autorealizada, en un estado de Ikigai total, que es como decir que todo encajaba:
era consciente de que soy buena en esto, me gusta, me entrego y pongo compromiso, pasión, amor y empatía. Y dije: ‘¡Uau! ¡Esto es lo total!’

Pero quiero descacar también una parte muy importante, y es que esto va más allá de ser simplemente un trabajo que quiero hacer. El proyecto trasciende las tareas de servir comidas y bebidas. Hay una implicación en divulgar una serie de valores relacionados con el respeto a la naturaleza y el entorno.

Desde aquí, sí que puedo transmitir, además de una buena alimentación con productos buenos y de la zona, toda una transmisión de elementos y de valores. Y claro, eso… eso da una satisfacción personal enorme.

 

La logística aquí debe de ser un rompecabezas. ¿Qué es lo más complicado de conseguir o de gestionar?

Sin duda, lo más complejo es el invierno. Mi convicción es firme: el refugio debe mantenerse abierto todo el año, ofreciendo servicio incluso en la estación más dura, porque la montaña está ahí para ser disfrutada en todas las temporadas.

Aquí, la nieve abundante debería ser lo normal, y de hecho lo es. Pero eso complica todo: el abastecimiento de suministros, la gestión de la basura, el sistema de agua –se nos hielan las tuberías– y hasta la electricidad, porque con menos horas de sol las placas fotovoltaicas rinden menos.

Es una paradoja: en invierno tenemos menos visitantes y menos ingresos, pero el trabajo físico se multiplica. Sin acceso para vehículos, debemos esquiar para llegar y hemos tenido que construir un trineo especial para transportar la comida. Cada tarea requiere un esfuerzo extra.

Hay días especialmente duros en los que toca ir con garrafas a buscar agua a la fuente, y otros en los que han dado mala meteo y apenas viene nadie.

Pero al final, esto se reduce a una cuestión de convicción. Estoy segura de que debemos estar abiertos siempre, de que el invierno también es una época maravillosa en la montaña, y de que podemos –y debemos– ofrecer este servicio durante los doce meses. Lo tengo muy claro y luchamos por mantenernos operativos incluso en los meses más gélidos.

Sé que económicamente a veces no compensa, pero repito: es pura convicción.

 

¿Hay algún objeto en el refugio que para ti tenga un valor especial o una historia detrás?

Sin duda, elegiría el libro de visitas. Es un objeto que hemos recuperado ahora –durante la pandemia lo retiramos, por tonterías de entonces, y lo guardamos–. Hace unos días lo rescatamos y nos pusimos a leerlo. Era impresionante: ‘mira lo que pone aquí’, ‘qué fuerte esto’…

Ahora lo hemos vuelto a poner a disposición de la gente, para que dejen sus comentarios. Y la verdad es que es encantador, porque hay frases y cosas muy bonitas, y también muy graciosas. Escriben los niños, cuentan sus experiencias, hacen dibujos… Es muy especial.

Voy a leerte un fragmento que aparece al principio. Dice así:

‘Los espacios naturales son un lugar donde se canalizan energías que los ritmos de la civilización se encargan de asfixiar. En los refugios de montaña se cruzan estos problemas con ganas de ser resueltos, gracias a esa energía natural. Y en puntos tan mágicos y pacíficos como este de La Feixa, el abrazo de una realidad que va a otro paso nos invita a encontrar ese pedacito de nuestra alma que clama por servir y ser sanada.’

Cuando lees cosas así… Madre mía. Es alucinante estar aquí arriba, ¿sabes? Sí, es un objeto importante y precioso para mí.

 

¿Qué valor crees que es el más importante para hacer este trabajo: resiliencia, paciencia, fuerza… o amor puro por la montaña?

Creo que todos esos valores son superimportantes, pero el amor por la montaña es el que los engloba a todos. Porque cuando hay amor, surge la paciencia, encuentras la fuerza para aguantar y haces las cosas de la mejor manera posible, que es justo lo que significa la resiliencia.

Sí, el amor lo abarca todo. En mi caso, la pasión es fundamental, y la dedicación también. Y eso solo se tiene cuando te gusta de verdad el entorno, el lugar y el trabajo que realizas.

Yo, por ejemplo, reconozco que no tengo mentalidad empresarial. Si me guiara por eso, seguramente haría las cosas de otra manera para sacarle más rendimiento económico a este trabajo. Pero como priorizo el amor y la pasión por el entorno, el lugar y lo que hago, al final la satisfacción personal pesa más que el beneficio económico.

Obviamente, también es importante ganarse la vida, porque si no, todo lo demás no serviría de nada –no podría estar aquí, evidentemente–. Pero como lo que más manda es esa parte personal, esa satisfacción profunda y emocional que nace del amor… entonces, todo fluye.

Para alguien que no ha estado nunca, ¿cómo describirías la luz de la mañana en la Cerdanya vista desde esta altura? ¿Y el silencio?

Es una pregunta muy acertada, porque mucha gente se pierde el amanecer aquí arriba. Tenemos esa costumbre de no madrugar cuando estamos de vacaciones, y en montaña es fundamental empezar temprano. Intentamos transmitirlo, pero no todo el mundo lo hace.

Quienes hacen el GR11, esa travesía larga, sí se levantan con las estrellas. Y ellos tienen la suerte de recibir el premio de ver salir el sol con unas luces mágicas, superespeciales.

También pasa con el tiempo. A veces, con pronósticos supuestamente malos –que no siempre lo son–, mucha gente directamente no sube ante la mínima previsión de condiciones adversas. Hay que aprender a descifrar esos momentos, porque a veces te pierdes auténticos espectáculos celestes. Y yo pienso: ‘¿cómo es que no habéis venido? ¿cómo os perdéis todo esto?’

Hay días que cae un poco de llovizna, luego para, sale el sol… ves el arcoíris, contrastes de colores, nieblas… paisajes que para mí son el mejor espectáculo del mundo. Y entonces piensas: ‘¿qué estará haciendo todo el mundo ahí abajo, encerrado en la ciudad, cuando se está perdiendo esto?’

Sí, el silencio, la luz, la naturaleza, las nieblas… todo conforma algo maravilloso. Y hay muchos momentos de absoluta soledad, en los que no hay absolutamente nadie en la montaña porque dan mala meteorología. Todas estas son cosas que la gente se pierde.

 

Después de todo lo que vives aquí, ¿qué has aprendido sobre ti misma que no hubieras descubierto en la ciudad?

Creo que esto es algo que nos pasa mucho a quienes vivimos y amamos la montaña: aquí te despojas de muchas cosas que no son importantes y valoras las que realmente lo son.

Es donde nos sentimos más puros, más auténticos. La montaña ofrece un aprendizaje universal: te enseña a desconectar del ruido para reconectar con la naturaleza, con el entorno y con la esencia de lo más natural.

Y cuando, como en mi caso, trabajas y pasas aquí todo el día, ese aprendizaje se intensifica. Aquí he crecido en muchos sentidos, sobre todo enfrentándome a obstáculos que te obligan a evolucionar. Aprendes a resolver inconvenientes, a buscar soluciones y a poner todos los medios para seguir adelante, incluso cuando nada parece favorecerlo.

He descubierto una fortaleza que no sabía que tenía, y una claridad sobre lo que realmente importa en la vida que, quizás, entre el asfalto y las prisas, nunca llegaría a ver.

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